domingo, 2 de junio de 2013

Un amor de toque a toque

Recuerdo aquel día, ella con el pelo recogido y una vincha de puntos azules grandes, que le tapaba la mitad de la amplia frente que tenía y dejaba resaltaba sus hermosos ojos oscuros con pestañas vistosas. También recuerdo que  tenía un vaso con un par de hielos y Guinda, que apretaba su hermosa mano de dedos largos llenos de anillos. Hablaba sin cesar con aquel joven de pelo castaño, buen mozo él, no más que yo, tampoco más que usted.  Fue un flechazo, como dirían ahora. La fiesta comenzó a las diez y yo sabía que terminaría siete horas después. Sabía que nunca la volvería a ver, ya que yo era nuevo ahí y mi único propósito era tomarla del cuello y darle un beso, tal vez duradero. Eso sí, no supe ver. Recuerdo que la gente empezó a beber, tomaban con precaución, ya que eran épocas de conflicto en el Perú. Estábamos en una reunión en San Miguel, yo vivía en Surco y no recuerdo bien como llegué. Pero ya que estaba ahí, debía esperar a que sean más o menos las seis, para poder regresar a mi casa sano y salvo.  
Después de prenderme un Premier, decidí acercarme para sacarla a bailar y no perder más tiempo, ya que sentía que las horas volaban y yo no hacía nada, más que pensar en la hora,  en cómo me regresaría o en observar lo bonita que era esa mujer, que ni su nombre sabía. Pero lo podía suponer. Ella estaba sola por fin, fumaba lo mismo que yo, miraba a su alrededor y de la nada me aparecí.
“¿Esperas que sean las seis para poder regresar a tu casa?”. No. Respondió y me esquivó la conversación con un poco de humo en la cara. Miró al piso, tiró el cigarrillo, lo aplastó y volteo a verme. “Me llamo Cristina, si eso es lo que querías saber y sí, si puedo bailar contigo”.  Me cogió de la mano desprevenido y me llevó a la pista de baile. Me quedé medio desorbitado con lo acontecido, ya que las mujeres son un poco más sumisas, pero ella sabía lo que yo que yo quería y ella sabía lo que ella quería. Nunca me había pasado algo igual, pero me encantó, hasta puedo decir que me enamoré de ella esa misma noche, la quería cuidar toda mi vida y despertar con ella dormitando en mi pecho.
La música se puso un poco más rápida y ella me empezó a preguntar las cosas básicas, que se suelen preguntar cuando recién se conoce uno con alguien en una fiesta. La conversación no tenía fin, la Guinda no se acababa y ella me volvía más loco. Eran casi las seis cuando me dijo, “no te daré mi dirección, ni mi teléfono, ya tú sabrás donde me podrás encontrar.  Me quedé pensando, la miré, me miró, la música se apagó, los dos miramos alrededor, algunos dormían, otros se besaban y los demás ni se inmutaban con la próxima reacción. Fuimos afuera, y nos besamos sin control. Pero han pasado 20 años y hasta ahora no la logro encontrar. Pero nunca me enamoré de alguien así de igual.


lunes, 6 de mayo de 2013

Amanda


Un olor fuerte a alcohol, alcohol barato, hizo que su cuerpo volviera en sí, esa mañana de julio, el julio más frío y nublado que Lima había vivido.
Miró desorientada a todos lados, el techo era blanco, blanco percudido con un foco ahorrador al medio. Había un ventilador en la parte izquierda, un espejo al frente de ella y estaba sobre un cobertor de flores, como el de los hoteles baratos de la avenida aviación a los que solía ir, cuando no tenía dinero para calmar ansiedades y debía entregar su amor entre sábanas blancas percudidas.
No entendía que había sucedido, trató de levantarse pero su cabeza parecía estar en un tsunami interno. Se echó nuevamente, se vio el cuerpo y lo tenía cubierto, como si nadie la hubiera tocado. Hasta el collar largo que tenía en el cuello lo llevaba en el mismo lugar. Volteó y su celular negro estaba al costado de un vaso de ron vacio. Sabía a ron porque la alfombra lo delataba, encima de la mesita de noche marrón que estaba al costado de esa vieja cama y era domingo, eran las 3 de la tarde y era 21.
¡El cumpleaños de Andrea!, Exclamó en el interior de su garganta, pero al ordenar sus ideas y sentir que bajaba escaleras, por la parte izquierda para no caer por las barandas del lado opuesto, se empezó a preguntar ¿dónde estaba? Y, ¿cómo así había llegado a ese lugar?
Trató de hacer su mejor esfuerzo,  y logró pararse, sacó la cabeza por la ventana, pero veía paredes plomas. De lo que sí estaba segura era de que estaba en un hotel, uno de mala muerte. Se puso sus botines negros, y agarró su celular y monedas que estaban en esa mesita y decidió salir.
Ni siquiera atinó a preguntarle al portero de la puerta en qué situación y como así había llegado a ese lugar, por miedo a que la vean como una prostituta. Pero apenas salió una fila de 5 taxis pararon a su costado. De hecho era una muchacha guapa y estaba en una calle algo, no transcurrida por gente como ella. Esta vez no miró la cara del taxista como solía hacerlo, por miedo a ser robada o ultrajada. Igual ella pensaba que siempre le iba a pasar algo, decía que la vida no valía nada. Pero no con instinto suicida ni mucho menos, simplemente era una mujer insegura.
Cuando subió al taxi, empezó a revisar su celular y empezó a preguntar a qué hora se había ido y con quienes, que había amanecido en un hotel por la Panamericana Sur y no entendía nada.
En medio de las muchas preguntas que su cerebro desarrollaba, empezó a recordar.
Pintaba sus uñas, de color rojo bien oscuro, color rojo sangre. No era mucho de pintarse las uñas pero esta vez decidió hacerlo. Se echaba crema al cabello, al mismo tiempo pintaba sus ojos. Nunca podía terminar de hacer algo para comenzar otra cosa, simplemente hacía dos o tres cosas  a la vez. Se ponía aretes largos, como no acostumbraba. Un polo negro, que resaltaban sus ojos verdes y unos botines negros altos, con un jean negro muy pegado. Eran las 10 y 46 y ya estaba lista. Esperando en la sala de su casa con un cigarro en la mano, llamaron a la puerta como todos los sábados, sus compañeras de juerga la esperaban, una más maquillada y producida que la otra.
Como todos los sábados a esa hora, su autoestima se desinflaba como una llanta al ver tanta belleza junta. Era una mujer tan sin cultura que se deprimía por dichas cosas, que se deprimía por cosas que no tenían valor en su vida.
Pararon siete taxis, hasta que uno por un precio razonable las llevó a su destino. Chicos en todas las esquinas, música estridente, muchachas con vestidos cortos, olor a alcohol no tan barato, griteríos, hipocresía y seducción. Ese tipo de cosas que las personas normales no tomarían en cuenta, pero ella sí lo notaba.
La multitud se divertía, pero obligadamente por el alcohol y una que otra droga. La fiesta comenzó y su vez una competencia de baile sin querer, quien movía mejor las caderas para que un hombre se acercara. Ella solo observaba, de vez en cuando se reía. Siempre apoyada en una baranda con un vaso de ron, el que solía beber. De rato en rato aparecía un muchacho, ella sin querer le coqueteaba pero no se le acercaban. Ella tenía un concepto de los hombres un poco errado tal vez, creía que los hombres solo tenían pantalones para acercarse a una mujer si es que estaban ebrios o drogados.
Cuando ya todos parecían muñecos y se manejaban por instintos y no con la razón. Sabía que pronto se le acercarían unos cuantos muchachos para sacarla a bailar y tal vez algo mas, debajo de las escaleras.
Pero ella sabía que los hombres eran como los cigarros, en la cajita te decían que hacían daño, pero te quitaban la ansiedad y dependiendo de la marca eran ricos.
Se le acercó un muchacho, guapo, algo inseguro, pero sobrio, se pusieron a bailar el no intentó nada, ella estaba algo preocupada, de rato en rato se volteaba y se miraba en el reflejo de la barra. Se veía normal, no entendía que ocurría porque este muchacho después de dos horas de baile y de no preguntarle ni su nombre, no actuaba.
Ella comenzó, como nunca, ¡me llamo Amanda! Y él sonrió y le dijo que bonito nombre…
-*-*-*-*-*-*-
Señorita, ¿doblo a la izquierda? No señor, a la derecha en la primera reja negra. Se bajó del taxi, se dirigió directamente a su cuarto, prendió su computadora y puso algo de música estridente porque quería seguir recordando pero ya no podía recordar más. Llamó a Andrea y ella desconcertada, tal vez por estar aún con un poco de malestar. Le agradeció y le preguntó: ¿Amanda a dónde te fuiste ayer? Ella no sabía si decir no me acuerdo y quedar como una prostituta porque tal vez pensaba que se había ido con el muchacho sobrio del baile interminable, o qué había pasado. ¡Ay a mi casa!, ¿a dónde creías que me habría podido ir? Sin más preguntas decidió finalizar la llamada con un, espero que la pases bonito, mas tarde iré a verte, un beso.
Se echó en su cama, y no estaba asustada, estaba desconcertada pero sin miedo, sabía que no había pasado mayor cosa, porque si hubiera sido así lograría tener algún recuerdo en su cabeza, esto jamás le había ocurrido, ella siempre era la que pagaba los hoteles y llevaba a los muchachos, no muchos pero tampoco pocos.
De la nada, la depresión dominguera, como solía llamarla la atacó. Desde muy chica, quizá dieciocho años, no existía domingo en su vida que no despertara con una pequeña resaca, y desde los veinte, que terminó con el amor de su vida, el único hombre que la enamoró, se despertaba con algún muchacho al lado o con el mismo quizá por meses.
Ahora tenía 25 y era infeliz. Ese domingo sentía que era el último en su vida, era una sensación rara de usada pero no tocada al mismo tiempo. ¿Quién era él, por qué no le dijo ni su nombre? Tenía tantas preguntas y ninguna respuesta.
Ese domingo decidió, cual cobarde huir a otro lado, un tiempo lejos de Lima le harían bien.
Felizmente estaba de vacaciones en el instituto y tenía hacía meses sueños con regresar a Cajamarca y ver sus despertares verdes y respirar aires puros nuevamente.
Sus días comenzaban a tempranas horas, en las que iba al lago a caminar, con un cigarro en la mano y un libro en la otra. Comenzó leyendo historias de amor que de alguna u otra manera la ayudaban a entender un poco más el “por qué los hombres actuaban como cigarros”, a por qué el amor era tan importante en una mujer, a por qué las personas se sentían solas teniéndolo todo en la vida. Se leía libros enteros, leyendo y entendiendo el comportamiento que había tenido hacía algún tiempo atrás.
Pasado algún tiempo, de vez en cuando sufría de alguno que otro mareo.  Ella pensaba que tenía anemia por la delgadez de su cuerpo, porque a veces se olvidaba de comer o porque tenía algún órgano de su cuerpo algo mal, debido a la vida desordenada que había tenido hacía algún tiempo atrás.
Decidió regresar a Lima, a su casa, e ir a sacarse análisis para descartar cualquier posible enfermedad que arruine planes que aún no había hecho.
En el avión, sus recuerdos empezaron a fluir nuevamente. Era como si su cerebro creara una historia. La historia continuaba en que…
“Amanda”, ¿es un nombre en latín, no? La canción cambió y sus cuerpos se entrelazaron pero no llegaron a juntar los labios, que era lo que en el inconsciente de Amanda estaba como un protocolo.
Ella no quería preguntar su nombre, pero por dentro suponía que se llamaba, Felipe o Santiago quizá. Él le invitaba el ron que tomaba, por sus bocas circulaban los mismos gérmenes, pero no la misma química. Era guapo, pero tenía algo raro ella no entendía.
Pero después de esas horas interminables de alcohol y baile, se dio cuenta que el solo mojaba los labios, y ella ya estaba pisando chueco. El muchacho le ofreció llevarla a su casa. Ella en su borrachera y pocos momentos de lucidez, simplemente se dejó llevar. Recuerda que la cargaba por unas escaleras, no recuerda ni cómo llegó al lugar y se echó en la cama, él al lado derecho ella al lado izquierdo.
Al parecer, nunca lo sabrá, porque nunca lo volvió a ver. Tuvieron sexo, un sexo tranquilo como de enamorados, más bien hizo el amor, nada placentero y sin besos prolongados, pero no era algo seguro. Era la única respuesta a sus mareos, ella sentía que estaba embarazada y estaba algo decepcionada porque nunca pensó que su hijo fuera a crecer sin padre. Pero algo feliz porque estaría acompañada por fin. 
Su alegría se incrementaba mientras las horas de vuelo  pasaban. Se sentía una mujer, feliz por fin.
Cuando bajo del avión sentía que las personas la miraban, sentía que la felicidad era contagiosa. Se sentía como cuando conoció a Ramiro, su ex, sentía mariposas en la panza, se sentía enamorada otra vez. Pero con mareos también.
Decidió ir al ginecólogo ni bien bajó del avión. Tomó cualquier taxi, trataba de caminar lento, algo que nunca había hecho. Pensaba en que si era mujer la llamaría Alice y si fuera hombre, Fernando. Ya estaba pensando en ir a comprar ropita de verano, ya que era noviembre y salía el sol de vez en cuando.
Sentada en el consultorio, después de haber tomado una cantidad de agua exagerada para hacerse una ecografía, salió el doctor. Era un doctor alto, con ojos grandes y algo cansados, pelo oscuro y flaco.
“Amanda”, ¿cierto? Ella respondió casi sin hablar, por las ganas que tenía de ir a orinar. Échate en la camilla, por favor. ¿Cuáles han sido tus síntomas? Ella respondió, doctor estoy segura de que estoy embarazada. Pero ¿Cuáles han sido tus síntomas? Mareos, nauseas, cansancio, agotamiento. Demasiado, diría yo. Bueno Amanda, si es que estás embarazada, estás demasiado débil para tener un bebe en buenas condiciones. Tendrías que empezar a comer bien, por favor, pero veamos…
Ella nerviosa, mojaba la camilla con sudor. Él untaba en su vientre una crema heladita que hacía que su piel se ponga de gallina. Al mismo tiempo aguantaba la respiración, porque si no se orinaba en plena ecografía.
Bueno, dijo el doctor, Amanda tu lo que presentas es una grave enfermedad de trasmisión sexual. Y lamentablemente si, también estás embarazada. ¿Pero, doctor, por qué lamentable? El doctor la miraba, no sabía si ser fuerte con ella o darle apoyo moral. Era una muchacha joven después de todo, con sueños escondidos, por realizar.
 Ella se quedó callada y después de un segundo dijo: ¿Doctor, es Sida? ¿El bebe morirá?
Si, Amanda, lo que no entiendo y por eso es que no respondo, es cómo así pudiste quedar embarazada, ya que esta enfermedad la presentas hace varios años y ha estado incubando. ¿Nunca te has hecho un análisis?
No doctor, porque nunca me he sentido mal. Doctor, eso quiere decir que, a todos los muchachos con los que he tenido relaciones, ¿he contagiado? Así es Amanda, alguno te contagio a ti y de ahí tú empezaste a transmitirlo. Pero como te digo, los síntomas que has tenido ahora son por el embarazo, esta enfermedad la empezarás a sentir recién después de unos dos a tres años, que tu cuerpo empieza a perder sus defensas y el dolor que presenta hasta una gripe lo sentirás tan fuerte, que te querrás morir.
Amanda, empezaba a ya no mirar la cara del doctor, más bien miraba su pancita y se la acariciaba. Las lágrimas empezaban a caer. El doctor le agarraba el brazo, ella seguía sollozando y le hizo una última pregunta.
¿Doctor, mi bebe morirá? El doctor se quedó callado un buen tiempo mientras arreglaba los cables para que Amanda baje de la camilla, le alcanzó sus botines negros y le sujeto el brazo para que no resbalara.
No Amanda, tu bebe está perfectamente sano, pero debes cuidarte porque de todas maneras él en algún momento se quedará solo y deben vivir juntos todo lo que se pueda juntos.
Amanda no respondió, terminó de abrocharse sus botines y le dijo: ¿cuándo vengo? El diez de diciembre por favor, en esta semana te llamará mi secretaria para confirmarte la hora.
Se escuchó un golpe en la puerta y un aire frío. Ella ya había desaparecido.
Amanda empezó a bajar las escaleras de tres en tres, queriéndose caer y borrar la memoria. Una memoria de historias devastadas y perjudiciales. No entendía ¿desde cuándo?, ¿cómo había pasado esto? Solo logró responder antes de llegar a la puerta, el por qué no tenía sueños, era porque todo esto ya estaba premeditado. Ella se iba a morir y  su bebe iba a ir solo por la vida, ya que ni siquiera sabía quién era él padre.
Por fin un reflejo del sol alumbró su cabellera, tomó un taxi blanco y viejo y enrumbó a su casa. Cuando llegó se dio con la sorpresa de que no estaba sola en ese lugar, olía a perfume, uno caro, parecía Dior y era el de su mamá.
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Su mamá, se había ido a Argentina  cuando ella era una mocosa de 13 años. Se casó con un millonario y se fue a vivir. No tuvo ningún tipo de sentimiento ni pena al dejarla. Era una niña aún, pero ella creía que estaba bien grande como para asumir responsabilidades.
Tenían una relación terrible, con las justas se dirigían la palabra para asuntos económicos. No era su hija y ella no era su madre. Eran compañeras de hogar o así solía decir Amanda. Ni ella ni su madre se esmeraba por ser amiga una de la otra, simplemente se odiaban.
Para su madre el hecho de haber quedado embarazada de ella, ya había sido una tortura. Y encima de un padre que nunca existió.
Amanda desde muy chica, estuvo al cargo de la señora Olga, que era una señora que la crió como si fuera su hija hasta que tuvo diecisiete años y falleció. Amanda desde ese entonces vivió sola, comenzó a desarrollarse como mujer y a darse cuenta de las cosas, sola.
Empezó a meterse con hombres por placer y dependencia afectiva desde muy chica y porque nunca tuvo normas ni una madre. Olga estaba ahí, Amanda la quería. Pero igual seguía siendo su nana y ella lo sabía. Por dicho motivo, metía a quien le valía en gana de meter a su casa y hacía exactamente lo mismo, sin control ni resentimiento.
Desde ahí comenzó su atareada vida y su desorden emocional.
Mantenía una relación muy básica por cartas con su madre, por donde le depositaba dinero, para el instituto y demás.

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Entró y su mamá estaba sentada en el gran sillón marrón que había en su salita de estar, fuera de su cuarto. Estaba con las piernas cruzadas y los brazos igual, con el pelo bien liso y sin una sola cana. A veces Amanda no entendía como teniendo 58 años, ella lucía tan regia.
¿Mamá? ¿Qué haces acá? Hola Amanda, ¿Cómo estás? He venido porque me enteré que fuiste al doctor y me preocupé, yo se que tu vas al doctor sólo cuando realmente estás muriendo. ¿Cómo sabes? ¿A caso me espías? No, no, como vas a creer eso. Pero me llegó en tu estado de cuenta de la tarjeta de crédito que habías ido a la clínica, y pensé que estabas mal y como función de madre vine a verte.  
Amanda, miró al piso, la miró a ella. No entendía que sucedía. Su madre, no era su madre. Ella no era su hija.  Pero veo que estás bien, solo algo flaca, dijo la madre. Ella movió la cabeza y le dijo. Pues no, estoy embarazada y también me voy a morir. Y te odio.
Su madre, se levantó, la siguió rápidamente a su cuarto y le dijo, ¿cuánto costará esta gracia? Para depositarte el dinero de una vez para que vayas a abortar. Amanda tu sabes que aún eres joven y con muchas metas por cumplir, un hijo interrumpirá todo lo que has logrado hasta ahora. ¿Qué? Respondió Amanda con voz fuerte. Tú no me abortaste porque no tenías dinero ¿no?, si no estoy segura que lo hubieras hecho. Bueno yo no lo abortaré, el nacerá y será feliz hasta que yo muera, porque para todo esto la que si se va a morir soy yo. Pero eso resultará más fácil para ti.
Amanda, no hables tonterías, ¿Por qué te vas a morir? ¿A caso tienes cáncer o Sida? Sí pues, tengo Sida y por un milagro mi bebe no. El nacerá y vivirá conmigo, con su madre y lo cuidaré como jamás me cuidaste tú. Ahora por favor lárgate de mi casa.
La madre de Amanda salió y a su salida dejó un sobre con su dirección y mucho dinero, en uno de los papeles escribía que jamás pensó en abortarla, que siempre la quiso. Pero que no estaba lista para ser una madre en el momento que ella nació y por tal motivo jamás la trato como una hija. Y que ella iba a estar ahí en el momento que Amanda decidiera irse. Ella iba a educar y criar a ese bebe como ella nunca lo hizo con Amanda.
Amanda, se quedó muda después de haber leído ese papel. No entendía como las personas después de haber hecho tanto daño, tenían la voluntad para cambiar y ser mejores. Igual estaba sola en el mundo y la única persona que podría cuidar a su bebe iba a ser su madre.
Pasaron los meses y en ese tiempo empezó a dar charlas de orientación sexual en los colegios de sus amigas. Iba a centros de rehabilitación a contar experiencias vividas. Su vida por fin tenía un sentido, ella no quería que a nadie más le pase lo que a ella le pasó. Pero los días igual se le acortaban y la barriga se le ensanchaba.
De pronto, un 13 de agosto, Alice lloró, fue amor a primera vista. Una cosa nunca antes vivida. Se enamoró de su hija, una bebe preciosa, que apenas salió de su vientre, se acurrucó en su pecho y dejó de llorar.
Pasaron 2 años de alegría y algunos malestares. De pronto con el tiempo, el cuerpo de Amanda ya no funcionaba de la misma manera. Y decidió antes de que Alice se acostumbrara mas a ella mandarla con su madre a Argentina.
Amanda falleció un 31 de diciembre del siguiente año. Se enamoró una sola vez en su vida y fue de su hija. 

lunes, 31 de diciembre de 2012

Año nuevo amarillo

Siempre tuve una rara afición con el color amarillo, por simples razones de la vida cada vez que lo tenía puesto en alguna prenda tenía suerte y por alguna razón desconocida también hacía que el color dorado de mi estirada piel se diera el lujo de verse bonita y llamar la atención.

Esta vez el amarillo me hizo una mala jugada, fue victima de una partida, una partida que no tendrá retorno jamás, una partida que recordaré toda mi vida y que siempre estará acompañada de algunas lagrimas de alegría, recuerdos y mucha tristeza.

El amarillo esta vez fue participe de la unión y el descanso, de la agonía y de la celebración.
Fue testigo de una espera larga, de una espera que solo deseaba un día como hoy para colapsar e irse en paz hacia el encuentro de sus amados, donde harán una fiesta sin fin y disfrutaran mas que los vivos el día de hoy.

Y el amarillo lo usaba yo, un día como hoy que fue el final de un nuevo comienzo. 
Ella se fue tranquila, quería reencontrarse con el amor de su vida, quería que fuera exactamente este día  el cumpleaños de su segundo hijo, un día donde todos celebran, nadie está triste, todos lo desean, fue lo que ella quiso. Nunca quiso pasar de ser percibida hasta el ultimo día de su vida. 

A ella yo la quería, a mi modo pero la quería.
Ella era mi mamama la cual deja hoy un vacío en mi corazón, que se ira llenando de recuerdos en su honor.

Aida Torrico, mi mamama.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Se veía

Eran aproximadamente las 11 am, un poco de luz entraba por un pequeño hueco de esas tan coloridas cortinas de tamaños uniformes y bastas salidas. 
Ella sentía que había vivido ese momento antes, en el que todo lo ocurrido hacía algunos años surgía por su memoria de manera continua como cuando revienta la canchita del cine antes de una película.
Se veía con el, en ese añejo atardecer donde se declaraban amor mutuo para toda la vida. Se veía apoyada en su pecho en los largos amaneceres después de haberle hecho el amor sin medida. Se veía con el siempre y ella eso no lo entendía ya que su corazón ya ni le pertenecía.

Ella decidió levantarse y mirar por el hueco de la cortina, el aire le chocaba de manera suave las mejillas, sentía una manos pasar por su cintura, manos gruesas algo ásperas, ella las reconocía pero solo las sentía.

Ella no entendía lo que pasaba, ya que el ya no la amaba y ella tampoco, pero siempre en sus recuerdos aparecía y lo sentía, se inspiraba con su poesía y hasta poemas le escribía. 

Ella lo quería amar de nuevo, pero en su corazón había uno nuevo que le llenaba la vida de felicidad pero nunca la tranquilidad que el de sus pensamientos le daba.  Ella se veía con el de viejos, mirando a sus hijos correr y amarlos sin remordimientos.

Se veía que pronto iban a volver, pero también se veía que nunca iban a ser los mismos. Que ellos ya eran grandes, que la edad los había castigado de alguna manera por las travesuras de niños que hicieron.

Se veía que ellos quería cambiar y ser los mejores, se veía que a veces envidiaban la felicidad del otro, se veía que ya no se sacaban celos porque ya eran maduros. 

Se vería que se extrañaban y se querían. 
Se veía que se necesitaban y que ...

martes, 3 de julio de 2012

Lluvia

Noche fría, la húmeda llovizna limeña empapa mis piernas con delicadeza, escucho una canción de Soja que en una de nuestras eufóricas salidas me dedicaste, y pues, aunque no quiera aceptar y odie sentir esto, yo te sigo queriendo y no he olvidado, como te hago creer a veces en nuestras cortas conversaciones a altas horas de la noche que ya lo hice.
Me desespera este sentimiento pero la lluvia no cesa y este amor tampoco, trato de recordar los besos apasionados que le di a mi primer enamorado bajo una lluvia calida de verano actuando que estábamos en una de esas peliculas romanticas en las que los besos bajo la lluvia parecen ser los mejores, pero no es cierto porque esos besos están llenos de actuación y no de amor.
La canción sigue sonando en mis oídos pero no en mi ipod ya que la tengo grabada en mi cerebro, la vivo como ese día que me la cantaste al oído y te siento a mi lado, siento tu calor y ya no siento la fría y húmeda lluvia que me esta mojando inevitablemente el cabello, con el que jugabas y te gustaba como brillaba cuando el sol lo tocaba. 
La húmeda llovizna no cesa y los recuerdos se incrementan, recuerdo mis días en París "en la ciudad del amor" cuando caminaba bajo esta llovizna y me encanta saltan en los charcos, ver como la lluvia rebotaba en las piletas, ver como el cielo al finalizar la lluvia se despejaba y la gente se alegraba. 
Eso es lo que deseo en este momento, que la lluvia deje de mojarme, que la lluvia se lleve tu recuerdo de mi cabeza, que la lluvia se acabe y el cielo gris se vuelva azul, dejar de sentir tus besos en las noches cuando duermo y te siento a mi lado, dejar de quererte, pero sobretodo que esta lluvia finalice y la canción que llevo grabada se borre, así como a tu persona pero de mi mente.

La lluvia me recuerda a ti y lo único que quiero es que nunca mas llueva.

domingo, 8 de abril de 2012

Arrepentimiento

El arrepentimiento para mi es cobardía, miedo a no poder enfrentar lo ocurrido en el pasado, miedo a lo que te pueda pasar en el futuro por haber cometido acto alguno que te impulsa al arrepentimiento.
Todos cometemos errores de eso se trata la vida, de tropezarse las veces que sean necesarias hasta aprender, tal vez no es una si no son cien, hasta que uno llegue a aprender a tratar no cometerlos mas.
El arrepentimiento de nuestros errores no es la curita que le pones a estos para que no te sigan doliendo, al contrario es la bacteria que hace que esta se contamine mas y nos duela aun peor.
Los errores a veces son como el alcohol, te gustan en el momento, los disfrutas y al día siguiente la resaca hace que digas "nunca mas tomaré", bueno los errores son iguales te gustan, los disfrutas y al día siguiente en vez de resaca tienes arrepentimiento y así como para la resaca no hay cura para los errores menos.
Así es la vida siempre debe haber un poco de sufrimiento en ella pero todo es debido a nuestros actos, a veces duelen a veces satisfacen.
El arrepentimiento es duradero, los errores pasajeros.

miércoles, 25 de enero de 2012

...

Retener tu recuerdo es un propósito interno.
Se que tu ya no me estudias con particularidad en tu cabeza.